Publicado por Viv Dehaes on 28-06-2007
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Una mirada a los libros a través de sus palabras (3)

Ilusi$oacute;n Optica de David DoryFinalmente aparece la tercera y última entrega de “Una mirada a los libros…”, si bien ha pasado mucho tiempo y la magnitud de la propuesta se ha ido acortando por razones diversas, no quería dejar esta serie sin terminar, por la calidad de los libros que estaban quedando en el tintero, por la obligación moral que significaba el haber comenzado con la primera parte de estas entregas allá por enero de este año.

Escribir la segunda parte me causó tanto o más placer que la primera, el rememorar las sagas, volver a saborear cada historia, el reencontrarme con esos personajes, algunos oscuros, otros brillantes, sagaces o irónicos me sumergía nuevamente en el mundo especial que comparto con la literatura fantástica y de ciencia ficción.

Pues bien hoy me toca cerrar este último capítulo con excelentes libros que coronaron la ciencia ficción desde la década del 50 hasta principios de los 90, con escritores premiados que nos ofrecen sus obras maestras para nuestro deleite, no se lo pierdan, sumerjanse unos minutos en esta lectura y dejensé atrapar por alguno de estos títulos. No se van a arrepentir.
Como les propuse en la primera entrega: “les dejo un retazo del libro que, a mi parecer, define su esencia para que su lectura los atrape como pasó conmigo.”

1984 – Frederik Pohl – LA GUERRA DE LOS MERCADERES

Tapa del libro La guerra de los mercaderes Es la excepción que confirma la regla junto con El padrino de que las segundas partes nunca fueron buenas, al contrario, para mi gusto La guerra de los mercaderes e mejor aún que su predecesora: Mercaderes del espacio.

Nos encontramos nuevamente en un mundo futuro y apocalíptico donde las grandes corporaciones dominan todo a través de la publicidad que explota la compulsión al consumo de una manera extrema. Sobre este escenario un publicista nos relata sus vivencias dentro del sistema, de cómo se convirtió de publicista en consumidor de a pie dominado por las adicciones y finalmente cómo se ve envuelto en una conspiración de grandes dimensiones junto con una colonia de renegados venusinos que luchan en contra de la publicidad.

—Esto es el Departamento de Proyectos Intangibles. Trabajamos en unos treinta sectores principales de explotación, pero hay dos que sobrepasan con mucho en importancia a los demás. Uno es la política y el otro la religión. ¿Qué sabe de ambos?

—Lo que estudié en la universidad —contesté alzándome de hombros—. Personalmente siempre he sido un experto en producto. Vendía artículos, no ideas abstractas.

Me miró de una manera que me hizo pensar que volver a repartir paquetes no sería en realidad tan denigrante, pero había decidido darme empleo y contra viento y marea me lo iba a dar.

—Si no tiene preferencias —dijo—, actualmente donde más ayuda necesitamos es en religión. Quizá no haya caído en la cuenta de lo valioso que es el sector de la religión. —Efectivamente, no había reparado en ello pero no dije nada—. Usted me ha hablado de productos, de artículos concretos. Muy bien, Tarb, haga el cálculo usted mismo. Cuando vende usted un tarro de Boncafé, el cliente paga aproximadamente un dólar. Cuarenta centavos son para el distribuidor y el detallista. El tarro y la etiqueta cuestan cinco centavos, a los que hay que añadir tres centavos más que cuesta el contenido.

—Sustancioso margen de beneficios —contesté sin ocultar mi aprobación.

—¡Ahí es donde se equivoca! Haga la suma. La mitad del dinero se la traga el maldito producto. Lo mismo ocurre con todo: con los electrodomésticos, con las prendas de vestir, con todos los artículos concretos y tangibles. En cambio, la religión… ¡ah, la religión! —añadió en voz baja, con una suave sonrisa rebosante de éxtasis reverencial—. En el sector de la religión el producto no cuesta ni un solo centavo. Es posible que empleemos cantidades reducidas en terreno y construcción; queda muy bien poder exhibir una catedral o un templo, aunque en general utilizamos miniaturas y diapositivas; es posible que haya que editar algunos folletos e incluso un par de libros, pero examine los balances, Tenny, y verá que ahí los beneficios son de ¡un sesenta por ciento! y del cuarenta restante, la mayor parte constituye costes de promoción que, no lo olvide, también es dinero que se queda en casa.

—No tenía la menor idea —contesté agitando la cabeza maravillado.

—¡Claro que no tenía ni idea! ¡Los expertos en productos son todos iguales! Y esas cifras son las de religión, pero las de política son idénticas. Tal vez incluso mejores; ahí se obtiene un margen más amplio de beneficios porque ni siquiera es preciso construir iglesias. De todos modos —agregó con expresión repentinamente entristecida—, hoy en día cuesta mucho interesar a la gente en política. Durante mucho tiempo estuve convencido de que podía ser el sector más importante de todos pero… en fin. —Sacudió la cabeza y me dijo—: Bueno, la situación es ésta. ¿Quiere probar?

1969 – Phillip Dick – UBIK

Tapa del libro UbikDe todo lo que he leído de Dick (poco comparado con su prolífica producción) este libro es el que más me ha impresionado, original, creativo, atrapante y por momentos desestabilizante, nos deja múltiples lecturas sobre lo que a primera vista parece ser una novela policíaca de ciencia ficción.

En 1992 la Organización Runciter ofrece el servicio de inerciales que son personas con capacidad de anular los poderes psíquicos de otras que suelen infiltrarse en la sociedad utilizando sus poderes para el propio beneficio. Contratados para realizar un trabajo, 11 de los mejores inerciales de la organización parten hacia la luna incluido su dueño Glen Runciter, su mano derecha Joe Chip y Pat Conley, quien, además de anular capacidades psíquicas, posee la facultad de alterar el curso de los acontecimientos volviendo atrás en el tiempo y eligiendo un camino alternativo sin que las personas que la rodean puedan dar cuenta de ello.

Sin embargo el trabajo no era lo que se esperaba, caen en una trampa de la que la mayoría sale con heridas leves, salvo Glen Runciter quien muere en la emboscada e inmediatamente es llevado a la tierra en una cámara de criostasis para ser instalado en un estado de semivida en el Moratorio de los Amadísimos Hermanos en Suiza junto a su esposa, quien se encuentra en semivida desde hace tiempo. Desde ese episodio los acontecimientos se vuelven de lo más extraño, Glen Runciter parece estar definitivamente muerto pero realiza apariciones de lo más insólitas a través de la televisión o como la cara acuñada en una moneda.

A las tres y media de la madrugada del cinco de junio de 1992, todos los videófonos se pusieron en funcionamiento: el telépata jefe del Sistema Sol había caído del mapa situado en las oficinas de Runciter Asociados en Nueva York. Durante los dos últimos meses, la organización Runciter había perdido la pista de demasiados psicos de Hollis; aquella desaparición no causaría mayor sorpresa.

—¿Señor Runciter? Siento molestarle. —El técnico encargado del mapa en el turno de noche carraspeó nerviosamente mientras la voluminosa y desaseada cabeza de Glen Runciter emergía hasta llenar por completo la videopantalla—. Hemos recibido noticias de uno de nuestros inerciales. A ver… —Revolvió un desordenado montón de cintas del grabador que recibía las comunicaciones del exterior—. Lo ha comunicado la señorita Dorn; como recordará, le había seguido hasta Green River, Utah, donde…

—¿De quién me habla? No puedo tener siempre en la cabeza qué inercial está siguiendo a qué telépata o a qué precognitor.

—masculló, soñoliento, Runciter. Se alisó con una mano la ondulada masa de cabello gris—. Vaya al grano y dígame cuál de los de Hollis es el que falta ahora.

—S. Dole Melipone —dijo el técnico.

—¿Cómo? ¿Que Melipone ha volado? No diga tonterías.

—No digo tonterías —aseguró el técnico—. Edie Dorn y otros dos inerciales le siguieron hasta un motel llamado “Los Lazos de la Experiencia Erótica Polimorfa”, un complejo subterráneo de sesenta módulos que recibe una clientela de hombres de negocios y furcias. Edie y sus colegas no creían que Melipone estuviera en actividad, pero para asegurarnos mandamos a uno de nuestros propios telépatas, G.G. Ashwood, a que le leyera. Ashwood encontró un verdadero lío envolviendo la mente de Melipone y no pudo hacer nada, así que volvió a Topeka, Kansas, donde ahora rastrea una nueva posibilidad.

Runciter, ya más despierto, había encendido un cigarrillo. Con la mano en el mentón y expresión sombría, seguía sentado mientras el humo del cigarrillo se elevaba a través del objetivo de su extremo del doble circuito.

—¿Seguro que el telépata era Melipone? Según parece, ya nadie sabe qué aspecto tiene exactamente; debe de cambiar de patrón fisonómico una vez al mes. ¿Y de su campo qué hay?

—Le dijimos a Joe Chip que fuese al motel y midiese la amplitud del campo generado allí. Según Chip, se registraba un máximo de sesenta y ocho coma dos unidades de aura telepática que sólo Melipone, entre todos los telépatas conocidos, puede producir. Así que colocamos la identichapa de Melipone en este punto del mapa. Y ahora Melipone… bueno, la chapa… ya no está.

—¿Ha mirado por el suelo o detrás del mapa?

—La identichapa ha desaparecido electrónicamente. El hombre que representa ya no está en la Tierra ni, por lo que sabemos, en ninguna de sus colonias.

—Iré a consultar con mi difunta esposa —dijo Runciter.

—Pero, los moratorios están cerrados. Es más de medianoche.

—No en Suiza —repuso Runciter, sonriendo con una mueca.

Se despidió brevemente y cortó la comunicación

1966- Samuel Delany – BABEL 17

Tapa del libro Babel 17En un futuro donde la Alianza de los Pueblos Terrestres se enfrenta a una invasión alienígena de los denominados “Invasores”, y contactan a la poetisa y experta en lenguas Rydra Wong para descifrar un lenguaje que se ha detectado en transmisiones de radio captadas casi en el mismo tiempo que sabotajes realizados periódicamente por los invasores, la esperanza es poder parar estos ataques mediante la decodificación de este lenguaje al cual denominan Babel-17.

Obra maestra de Samuel Delany que plantea la posibilidad de codificar un lenguaje que pueda ser usado para fines más retorcidos que la comunicación.

—Bien. Ahora, general Forester, ¿qué es Babel-17?

Él miró alrededor de sí buscando al barman, pero un resplandor le hizo volver la mirada hacia ella: el resplandor era simplemente su sonrisa, pero por el rabillo del ojo él la había confundido verdaderamente con una luz.

—Tome —dijo ella, empujando hacia él su segunda copa, intacta—. Yo no terminaré éste.

Él lo aceptó. Sorbió.

—La Invasión, señorita Wong…, tiene algo que ver con la Invasión.

Ella se apoyó en un brazo, escuchándolo con los ojos entrecerrados.

—Comenzó con una serie de accidentes… Bien, al principio parecían accidentes; ahora estamos seguros de que es sabotaje. Han venido ocurriendo en toda la Alianza con regularidad desde diciembre del 68. Algunos en naves de guerra, otros en los Depósitos Especiales de la Marina, y usualmente involucran la destrucción de equipos importantes. Dos veces, las explosiones han causado la muerte de oficiales importantes. Varias veces estos «accidentes» se han producido en plantas industriales que fabrican productos bélicos esenciales.

—¿Qué otro nexo hay entre todos estos «accidentes», aparte de que todos ellos están relacionados con la guerra? Con el funcionamiento actual de nuestra economía, sería extraño que cualquier accidente industrial importante no afectara a la guerra.

—El nexo que los conecta, señorita Wong, es Babel-17.

Él la observó terminar su copa y dejarla precisamente en el círculo húmedo que había quedado sobre el mostrador.

—Justo antes, durante e inmediatamente después de cada accidente, toda el área esta inundada de transmisiones de radio en una y otra dirección, todas procedentes de fuentes indefinidas; la mayoría sólo tienen un alcance de un par de cientos de yardas. Pero hay intromisiones ocasionales a través de canales hiperestáticos que cubren varios años luz. Hemos trascripto todo el material durante los tres últimos «accidentes» y le hemos dado el título operativo de Babel-17. Ahora bien, ¿le sirve algo de lo que le he dicho?

—Sí. Hay una buena posibilidad de que hayan estado recibiendo instrucciones radiales para el sabotaje, enviadas por quien sea que dirija los «accidentes»…

—¡Pero no hemos averiguado nada! —la exasperación lo invadió—. No hay nada más que ese condenado galimatías que zumba y zumba a doble velocidad… Finalmente, alguien advirtió ciertas repeticiones en la estructura, algo que sugería un código. Aparentemente, Criptografía pensó que era un buen indicio, pero no pudo descifrar nada durante un mes, así que la llamaron a usted.

1959 – Robert Heinlein – TROPAS DEL ESPACIO

Tapa del libro Tropas del espacioNovela controvertida si las hay, tachada en el mejor de los casos de fascista y promilitarista, adjetivos que a mi parecer le caben perfectamente, pero no por ello puedo dejar de reconocerla como una novela amena, divertida y generadora de controversias que invitan a la discusión.

Trata de la transformación de un civil en soldado y la vida en una sociedad militarizada que se encuentra en guerra con una raza alienígena conocida como Chinches.

Fue la Operación Casa de Chinches, la primera batalla de Klendathu según la llaman los libros de historia, poco después de que Buenos Aires fuera borrada del mapa. Se necesitó la pérdida de Buenos Aires para hacer que esos «marmotas civiles» comprendieran que estaba ocurriendo algo muy grave, porque la gente que no ha viajado no cree realmente en otros planetas, al menos aquí abajo que es donde cuenta. Yo sé que apenas había creído en ellos, y había estado obsesionado por el espacio desde que era un crío.

Pero lo de Buenos Aires aterró realmente a los civiles, que pidieron a gritos que todas las fuerzas volvieran a casa, desde todas partes, se pusieran en órbita en torno al planeta, prácticamente hombro con hombro, y defendieran el espacio que ocupa la Tierra.

Eso era una tontería, por supuesto, ya que no se gana una guerra mediante la defensa sino con el ataque. Ningún «Ministerio de Defensa» ganó jamás una guerra; compruébenlo en la historia. Pero el pedir a gritos tácticas de defensa en cuanto se advierte la amenaza de una guerra parece ser la reacción civil más normal. Luego se empeñan en dirigirla, como el pasajero que trata de quitarle los controles al piloto en una emergencia.

Sin embargo, nadie me pidió mi opinión entonces; me dieron órdenes. Aparte de la imposibilidad de llevar las tropas a casa en vista de nuestras obligaciones de los tratados, con todo lo que eso supondría para los planetas colonos de la Federación y para todos nuestros aliados, estábamos muy ocupados haciendo otra cosa mejor: llevar la guerra hasta las Chinches. Supongo que yo pensé en la destrucción de Buenos Aires mucho menos que la mayoría de los civiles. Ya estábamos a un par de parsecs según el impulso Cherenkov, y la noticia no nos llegó hasta que la recibimos de otra nave después de que acabó el impulso.

Recuerdo que pensé que era algo terrible, y que lo sentí por el único porteño de la nave. Pero Buenos Aires no era mi hogar, la Tierra estaba muy lejos, y yo me hallaba muy ocupado, ya que el ataque a Klendathu, el planeta de las Chinches, se inició inmediatamente después, y pasábamos el tiempo hasta el momento del ataque atados con correas a las literas, drogados e inconscientes, anulado el campo de gravedad interna del Valley Forge a fin de ahorrar energía y conseguir mayor velocidad.

Pero la pérdida de Buenos Aires significó mucho para mí en realidad, ya que transformó mi vida totalmente. Sin embargo, eso no lo supe hasta unos meses más tarde.

1955 – Alfred Bester – LAS ESTRELLAS MI DESTINO

Tapa del libro Las estrellas mi destinoEl protagonista de la obra es Gully Foyle se salva del accidente que destruye la nave espacial en que viajaba y sobrevive durante largo tiempo dentro de un armario de la nave, lamentablemente la nave que lo podía rescatar, el Vorga, no lo encuentra y nuestro personaje queda librado a su suerte acumulando odio y sed de venganza contra esta nave que lo dejó abandonado.

Un hombre obsesionado pero gris, sin nada que lo distinga del resto de obreros de una sociedad avanzada se reinventa a sí mismo para saciar su furia destructiva.

Era una Edad de Oro, una época de grandes aventuras, de vidas frenéticas y muertes violentas… pero nadie pensaba en ello. Era un futuro de fortunas y robos, pillaje y rapiña, cultura y vicios… pero nadie lo admitía. Era una época de posturas extremas, un fascinante siglo de rarezas… pero a nadie le gustaba.

Todos los mundos habitables del sistema solar estaban ocupados. Tres planetas y ocho satélites y once billones de personas llenaban una de las edades más interesantes jamás conocidas y, sin embargo, las mentes todavía añoraban viejos tiempos, como siempre. El sistema solar era un hormiguero de actividad… luchar, alimentarse, procrear, aprender las nuevas tecnologías que aparecían casi antes de que se hubiesen dominado las antiguas, prepararse para la primera exploración a las lejanas estrellas del profundo espacio; pero…

“¿Dónde están las nuevas fronteras?”, gritaban los románticos, sin saber que la frontera de la mente se había abierto en un laboratorio situado en Calisto hacia el inicio del siglo veinticuatro: un investigador llamado Jaunte prendió fuego a su banqueta y a sí mismo (accidentalmente), y lanzó un alarido pidiendo socorro con una particular referencia a un extintor de incendios. La sorpresa de Jaunte fue casi tan grande como la de sus colegas cuando se halló al lado de dicho extintor, a veinte metros de distancia de la banqueta incendiada.

Se olvidaron de Jaunte y se introdujeron en los comos y porqués de su viaje instantáneo de veinte metros. La teleportación -el transporte de uno mismo a través del espacio tan sólo por un esfuerzo mental- había sido un concepto teórico conocido desde bacía tiempo, y existían algunos centenares de pruebas mal documentadas que indicaban que se había producido en el pasado. Esta era la primera vez que había tenido lugar ante observadores profesionales.

Estudiaron el Efecto Jaunte con salvaje dedicación. Era algo demasiado importante como para investigarlo con miramientos, y Jaunte estaba ansioso por convertir en inmortal su nombre. Hizo testamento y se despidió de sus amigos. Jaunte sabía que iba a morir porque sus compañeros de investigación estaban determinados a matarle si ello era necesario. No cabía duda de esto.

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